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¿Cómo encontré mi propósito?

Por: Natalia Espitia, feminista y activista colombiana, fundadora y actual presidente de la Fundación Niñas sin miedo, aficionada de la bicicleta.

Algunos aprendizajes de mi crisis existencial. Puede funcionarte algo de esta historia


Voy a empezar por presentarme, soy Natalia, publicista de profesión, hija única, 30 años, morenita, ojos achinados y amante de la bici y de la música de Fito Páez y Cerati. Hace 2 años y medio le di vida a la Fundación Niñas sin miedo, soy activista por los derechos de las niñas y adolescentes, fui nominada dos años consecutivos al premio de Liderazgo del Espectador como Líder revelación y soy mujer Cafam 2018 por el departamento de Cundinamarca. Les cuento esto porque gracias a una crisis existencial y otras historias detrás, logré tener esos reconocimientos que acabo de nombrar Y CREAR UNA ORGANIZACIÓN GRANDIOSA QUE CADA día inspira a más personas a unirse por empoderar a las niñas. Sí, suena raro, pero es verdad.


Me levanté un día con 26 años y me di cuenta que aún no me sentía feliz con lo que estaba haciendo. Vivía en Buenos Aires y estaba desempleada. Había renunciado de manera impulsiva a un trabajo estable en una empresa de Marketing digital y mi tiempo libre lo dedicaba a dos ONGs (a falta de otra) como voluntaria. La verdad, eso me estropeó la cabeza. La razón: Nunca en mi vida me había sentido tan feliz en un trabajo como en estas dos organizaciones. Una de ellas era AIESEC, organización mundial de jóvenes que apoyan a organizaciones sociales y empresas a generar experiencias de liderazgo y voluntariado alrededor del mundo.  La otra Educar y Crecer una fundación que trabajaba por erradicar la deserción escolar en la Villa 31 en Buenos Aires. Yo pasé mi tiempo allí luego de renunciar. Lo cierto es que empecé a preguntarme. ¿Por qué no conseguir un trabajo en el sector social? Listo. Decisión tomada, ahora empecemos a buscar trabajo en el tercer sector. Nada… Nada de nada, nadie me dio trabajo durante 1 año, pero yo estaba convencida que 1. No quería volver al ámbito publicitario 2. Quería trabajar en el sector social porque eso me hacía feliz.


¿Y esto qué tiene que ver con el propósito?


Bueno, primero quiero confesar, que nunca pensé que mi carrera tuviera un propósito, solo era una ejecutiva de cuenta que hacia el trabajo que el destino me había puesto enfrente. Pero descubrí como voluntaria que podía convertir esto en mi proyecto de vida. Me impactó muchísimo cómo me iba mejor en el voluntariado que en mi propio trabajo. Claramente cuando estamos más apasionados por algo lo hacemos mejor. Yo entendí el poder de la educación, en educar y crecer y el potencial de agente de cambio en AIESEC. Para mí era fascinante trabajar por algo más que una meta comercial. Yo realmente me inundaba de felicidad en estas dos organizaciones. El contacto con personas que querían salir adelante y ver que a través del trabajo colectivo se lograban grandes cambios, tuvo un efecto enviciador en mí.


Me fui a México para conocer más sobre estas personas que cambiaban el mundo. Imaginaba que algún día podría ser como alguno de ellos. Pero aún seguía con el chip de ser empleada y aprender un poco más de este mundo. Me metí de cabeza y de nuevo como voluntaria como un ejercicio de aprendizaje y de adquirir experiencia en el hub más grande de emprendedores sociales en el mundo, Ashoka. Esta es una organización creada por Bill Dayton, quien creyó que era importante reconocer y apoyar el movimiento de emprendedores sociales del mundo. Se dedicó a buscar a los mejores, quienes estaban dando soluciones innovadoras para los problemas más sociales y críticos de la humanidad y a conseguir los recursos para apoyar su impacto.


Allí entendí por qué las crisis existenciales nos ayudan a descubrir nuestro propósito. Conocí a las personas más inspiradoras que me dieron ese norte que tanto necesitaba. Entendí que cada uno de ellos tenía un punto de inflexión, y que ese momento duro y decisivo de sus vidas era el punto de partida para hacerlos hoy unos actores y agentes de cambio. Sí, todos los emprendedores sociales que conocí tenían una historia personal que en la mayoría de casos estaba ligada a un momento duro, algo que vieron y los impactó o un episodio personal trascendental en sus vidas. que los llevaba a encontrar la manera de sanar.

Difícil, pero liberador


Un punto importante de todo esto es que encontré un punto de inflexión, yo había tenido un intento de abuso sexual en una calle durante mi estadía en Buenos Aires. Lo guardé y nunca lo conté a nadie, claramente era algo que me generaba mucha inseguridad y traumas. Lo cierto es que cuando volví a Bogotá.. ¡Bingo! Conseguí un trabajo en una ONG, estaba feliz que por fin tenía un trabajo remunerado en el sector social después de 1 año. Allí me di cuenta que este episodio no afortunado en Buenos Aires me estaba generando problemas de inseguridad, pánico, incluso estaba afectándome en el trabajo “de mis sueños” aunque estaba feliz no me estaba yendo bien. Un día mi ex jefe me dijo que aprendiera a montar bici porque me veía un poco torpe e insegura en mi rol, me preguntó por qué yo era así y fue la primera vez que le conté a alguien lo que me había pasado. Él me dio un consejo que me cambió la vida: Aprende a montar bicicleta y luego hablamos. Yo tenía ataques de pánico y me costaba mucho tener confianza en mí misma. Así que seguí su consejo. Todo esto no tenía ningún sentido para mí hasta que aprendí a tener mis pies pedaleando en una bicicleta sin rueditas atras a mis 27 años.


Me lancé arriba de las dos ruedas. Me desafié. En la medida que me fui apropiando de la ciudad a bordo de la bici, mi forma de ser fue otra. Había dejado lejos a la mujer insegura y llena de pánico.

Paralelo a esa positiva transformación, conecté mi deseo de crear un proyecto con impacto social propio, yo había estado trabajando en Soacha en esta organización que les conté, pero aún no me sentía 100% realizada profesional y personalmente.


Gracias a ese cargo de comunicaciones en HPH Colombia recolectaba historias, un municipio al sur de Bogotá donde el 50% de los habitantes son víctimas del conflicto armado y es catalogada zona roja por sus altos índices de violencia. Este lugar me marcó y fue mi inspiración. Las mujeres y niñas que conocí, muchas de ellas compartían los mismos miedos que yo y algunas también habían pasado por violencia sexual. Y fue ahí donde dije: Si la bici me empodero a mí, ¿Por qué no lo puede hacer por ellas? Vi una oportunidad en una generación de niñas que viven en medio de la pobreza extrema, para demostrarle a los demás que ellas son la fuerza transformadora de la sociedad.


Descubrí que en Camboya hay iniciativas de niñas que van al colegio en bicicleta, para prevenir violencia sexual y desarrollar seguridad. Recuerdo haber dicho “¡no soy la única!”; en Estados Unidos encontré Little bellas, un grupo que empodera a las mujeres a través de la bicicleta. En este punto de mi historia, se juntó todo y así nació la Fundación Niñas sin Miedo.


En Soacha las niñas no salen a montar bicicleta, sus papás las protegen porque el peligro es inminente. Entonces me arriesgué, conseguí 19 bicicletas usadas, las pintamos, las arreglamos y sin mucho presupuesto empezamos a recorrer el barrio con ellas. Luego les enseñamos a las niñas que no sabían montar y finalmente lo completamos con un programa de educación para la prevención de violencia sexual y embarazo en adolescentes.


Esto se convirtió en mi propósito. Hoy tenemos a 40 niñas entre los 7 y los 15 años, se han vinculado 147 personas desde los 9 hasta los 70 años como voluntarias y me enorgullece contar esta historia porque me di cuenta que para transformar realidades que nos duelen, no se necesita mucho dinero y sí o sí mi propósito debía estar conectado con eso que yo quería cambiar por no hay nadie más en el mundo que le importe tanto eso como a mí. Conecta lo que quieres hacer para mejorar eso que te enoja con tu propia historia y todo se dará de manera maravillosa. Suena muy bonito pero emprender este proyecto me enseñó que a veces a pesar que todo parezca imposible que no te sientas capaz de hacerlo uno no se puede quedar con las ganas de hacer lo que el corazón te dice, me enseñó a que todo tiene una fecha para dejar de estar en miedo o frustración y saltar al agua. Los planes a veces no salen tan bien, pero hay que arriesgarse. Siempre va a valer la pena si se trata de personas y no de metas sin sentido.

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